Métodos para dejar de fumar


Pronto hará cuatro años que no fumo. En todo este tiempo ni una sola recaída. Lo dejé por las bravas, por cojones como se hacen muchas cosas en esta vida, ni chiclés, ni esparadrapos, ni acupuntura, ni mierdas, nada. Un día decidí dejarlo y punto. A veces no es necesario buscar la ayuda fuera, tenemos la fuerza en nuestro interior.
Eso sí, tampoco me he convertido en un animal de la liga anti-tabaco, soy permisivo con los que ejercen su vicio cerca de mi, más que nada porque soy consciente de su adicción. Yo también fui fumador.
El otro día acudí a la cena de empresa. Las cenas de mi empresa son sui generis, hay más gente que no es de la empresa que de la misma empresa. Saludo a todo el mundo, y a más de la mitad no los he visto en mi puta vida. De la otra mitad, tengo trato con la mitad, y ninguno de ellos trabaja conmigo.
Como es preceptivo me tengo que desplazar muchos quilómetros, así que suelo salir antes de hora, un parde años llegué casi a los postres, mereciendo la repulsa y linchamiento general. Llegué veinte minutos antes de la hora acordada al lugar de la tropelía. Para no dar el cante y ser el primer pardillo en llegar, me fui a un bar de los alrededores a tomarme una birra y empezar a desinhibirme (nota aparte del editor)

Se me ocurrió pedir la cerveza en uno de los idiomas oficiales de este país, y el camarero no lo entendió, se lo tuve que repetir tres veces, para al final tener que utilizar la lengua cervantina si quereía satisfacer mis más bajos instintos.

Pero a lo que iba, mientras degustaba la birra en aquel puto antro de perversión lingüística entró uno de esos compañeros de trabajo a los que suelo ver una vez al año y del que después apenas suelo recordar ni su nombre. Le llamaremos Ramón, que obviamente es su nombre verdadero.
Pues bien, Ramón entró en el bar y se fue directamente a la máquina expendedora de tabaco y se compró una paquete de tabaco, para acto seguido salir nuevamente fuera del local. Ramón no reparó en mi presencia, más que nada porque me puse la gacetilla del Sport delante de la cara para evitar ser reconocido. Era demasiado pronto para empezar la sesión de hipocresía propia de estos eventos.
Una vez fuera Ramón se fumó un cigarrillo y fumando se fue andando en dirección hacia el restaurant. Al cabo de diez minutos yo seguí sus pasos, el grueso de la expedición ya había llegado, falsos saludos, besos de Judas y a hacer el paripé. Loar bellezas marchitas, reir chistes malos, enterarse de los últimos cotilleos laborales, etc.
Y ahora viene lo bueno, el cabrón de Ramón vacilando que lleva dos meses sin fumar, que antes se cascaba tres paquetes al día, que lo está llevando bien, que apenas le cuesta esfuerzo, que los demás deberían hacer como él, que es cuestión de voluntad, etc.
A su alrededor, unos cuantos con cara de admiración y tal, ante descomunal esfuerzo de voluntad que les pretendía vender el hereje fumador.
Ah, y una mierda, ahí estaba yo, para joderle la fiesta a Ramón, le insté a vaciarse los bolsillos de la chaqueta y de los pantalones. Le presioné sicológicamente, y al final, totalmente ruborizado y viendo que nos íbamos a abalanzar sobre él para registrarlo, se vino abajo y confesó su herejía.
Estupor general y el exfumador que no era tal desenmascarado.
Pobre Ramón, creo que hasta él se llegó a creer que ya no fumaba.
Hice bien desenmascarndo al falso exfumador?
Debería haber permitido dejarle continuar con su mentira?

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