El guardián de nuestros sueños por J.P. Paralinger

El día había amanecido soleado. Los pájaros piaban en la plaza. El
minibús aguardaba a los excursionistas, todos ellos miembros de los
grupos de fe palaciega.
El primero en llegar fue Forceps, vestía camiseta blaugrana a juego con los zapatos, como no había nadie más se puso a departir amigablemente con el chofer, un hombre de pelo blanco y perilla, que en sus tiempos mozos había estado a la vanguardia en
materia de motor. Mientras departían sobre el tema de moda (el descenso a tercera división del club de sus amores por fraude en la hacienda pública), llegó Alex con su caja de plastidecores y sus viejas láminas en blanco dispuesto a plasmar su escasa calidad como dibujante. De repente aparecieron de la mano Antonio y Raimon, amigos desde la infancia que se habían convertido en inseparables e íntimos, la vestimenta de Antonio provocaba la hilaridad en todos, iba vestido con el traje de faena y armado de un inocente machete mondadientes al cinto. Rai, en cambio, elegante como pocos, llevaba su inseparable amiga, una vieja guitarra con la que pretendía amenizar y joder las veladas campestres para propio deleite personal.
Ya habían llegado cuatro, cuando por la esquina de la plaza aparecieron las tres damas, las tres vestían shorts que dejaban al aire sus imponentes pantorrilas recién depiladas. Una mini camiseta de tirantes tapaba sus glándulas mamarias, (nota del escritor, a título personal creo que no llevan sujetadores, pero desde mi posición no lo distingo bien). Instantes después llegaron Ant y J, discutiendo sobre
si su móvil era más grande que el del otro y vacilando de gadgets.

El chofer colocó las mochilas en el portaequipajes del mini bus y procedió a emprender la marcha, cuando se percató de que faltaba Oscarini, al fin y al cabo era él el monitor y guía de los grupos de fe palaciega. Una vez que estaban todos se procedió a poner rumbo al lugar de acampada, todos a excepción del chofer y Oscarini ignoraban el lugar donde iban a ir a parar sus huesos. Aunque aún tuvieron
tiempo de hacer una parada a medio camino para recoger a Be y a Rummi que vivían lejos de la ciudad. Rummi subió con una cesta llena de quesos asquerosamente malolientes.
Las chicas se habían colocado en la parte trasera del minibús y allí se hacían elocubraciones y pajas mentales (y posiblemente físicas) sobre a cual de los chicos se tirarían. Pe dudaba entre Ant y Antonio, Patty entre Alex y J, y Morgana, visto lo visto prefería jugar al solitario. Después de cuatro horas de viaje a través de montañas el minibús paró.

Habeis llegado, sentenció el chofer, todos se dispusieron a bajar y recoger su equipaje. El lugar era precioso, un verde valle, roto y esculpido por los meandros de un riachuelo.
Una vez descargado el equipaje, el minibús se fue, quedando que volvería al cabo de dos días. Huelga decir que Oscarini, oliéndose alguna cosa también puso los pies en polvorosa, afirmando en voz baja “Cuarintiocho horis en Paradilandia, son molto longo”.´
Lo que ocurrió a partir de ese momento es indigno de la especie humana y la constatación de que el Mal cobra vida y se reencarna en hombre. Mientras preparaban las tiendas, repararon en un viejo caserón en lo alto de la montaña cuya chimenea no paraba de humear cual locomotora a carbón. Quien sería capaz de vivir allí, aislado de todo contacto humano y a horas de la civilización más cercana? De fondo se oía el suave ruido de una motosierra, posiblemente el habitante de aquel caserón cortaba leña, o no? J y Ant observaron con preocupación que sus móviles de mierda no
tenían cobertura en aquella zona. Estamos perdidos, pensaron, si alguien cae enfermo ni hay manera de avisar a nadie. Llegó la hora de la cena y aquella panda de urbanitas ineptos fueron incapaces de hacer un fuego para asar la carne, por lo que tuvieron que recurrir a los potes de fabada que llevaba el pedón de Forceps en su zurrón. También dieron buena cuenta del maloliente queso de Rummi, Rai el que más, era un afamado consumidor de quesos, era tal su gula por el queso de
Rummi, que una vez se acabó se dispuso a chuparle los pies a Rummi, pues el olor que desprendían era igual que el de los quesos. Aquella noche no ocurrió nada, mejor decir casi nada, algunas gallardas solitarias en la intimidad del saco de dormir y un intenso concurso de peos, amenizado por los ronquidos de Antonio, el concurso de peos, a primera vista de carácter amateur, hasta la sonada irrupción de Álex
un verdadero profesional del tema. A la mañana siguiente nadie reparó en la ausencia de Morgana, bueno, Penélope sí, ya que se comió la ración de bollería fina de Morgana. Hago aquí un pequeño inciso para comentar que a lo largo de aquel
nefasto y funesto día se produjeron más desapariciones en el seno del grupo, aunque obviaremos los detalles bizarros, que si uno desaparece mientras va a mear, un parde ellos mientras copulan tras un árbol, otro mientras trata de dibujar en su lienzo la naturaleza telúrica del lugar, etc.
Al llegar la noche, la situación comenzaba a ser preocupante, ya que sólo quedaba un minúsculo grupo, posiblemente los más cobardes, ya que en todo el día se habían separado del improvisado campamento, que a estas horas amenazaba con cambiar el nombre a improvisado camposanto de almas en pena. El grupo de gallinas lo formaban Raimon, Antonio y Pe. Acojonados y con los huevos por corbata (por algo son gallinas), decidieron armarse de valor y subir hasta aquel caserón a pedir ayuda,
no en vano el caserón parecía disponer de línea telefónica amén de una vieja camioneta Ford TT.

La puerta estaba entreabierta, era perceptible el sonido melódico y rítmico de un hacha en la parte trasera. Los tres intrépidos cobardes entraron en el viejo caserón no sin antes hacerse las necesidades encima. Una voz de ultratumba les espetó “Quietos”, era el propietario del caserón, un hombre de mediana edad pero extraordinariamente bello, sus rasgos recordaban a Belcebú y respondía al nombre Freddy Parado.
Tras él, pudieron observar la figura de una bella dama, cuya silueta recordaba a la bella Mo, aunque su cara estaba pálida y parecía muy desmejorada. Allí había alguien más, puesto que el martilleante sonido del hacha no paraba de percutir sus trompas de Eustaquio. El sr Parado, hombre gentil y hospitalario, decidió obsequiarles con un tazón de caldo casero. “Está buenísimo, y me da un olor a los quesos de Rummi, pero está riquísimo, ¿Lo hace usted?”, preguntó. “Sí, tengo un pequeño negocio de venta al por mayor de concentrado de caldo proveniente del machacado de huesos”, respondió.
” De donde saca la materia prima? ” preguntó el ingenuo de Rai, al mismo tiempo que vomitaba el concentrado tras percatarse que ellos eran la materia prima. Una risa siniestra se escuchó en el caserón, era Parado. “No temais, inocentes blogueros del Palacete, a vosotros os mantendré con vida, más que nada porque Antonio será mi biógrafo personal y escribirá mis gestas, usted Rai musicará cual trovador las gestas, y de paso se apareará cada año con Pe, para garantizar la mano de obra
barata que precisa mi negocio”. En ese momento, hizo acto de aparición Eldeu, gran profesional en el manejo del hacha, no en vano en su juventud fue conocido como ” el hacha de tercera”, en referencia a las piernas que rompió en su dilatada pero corta carrera profesional. “Manda algo más, jefe?”, preguntó Eldeu.” Nada más, hemos acabado por hoy con la materia prima, prepárame a la bella Mo, que nos retiramos a nuestra alcoba, pero antes mete a estos tres en las celdas del sótano” .
En aquel momento sonó el teléfono del caserón, era Oscarini. “Parado, tengo en mente otro blog que colonizar, para después llevarlo a sus tierras, y acuérdese de mi 3% de los beneficios”.

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El fontanero ladrón

A veces, cuando leo según que noticias me pongo a reflexionar sobre el género humano y sus actos. E incluso, trato de buscarle algún tipo de lógica, lo cual casi nunca consigo. Hoy, al leer esta noticia me he puesto a reflexionar.
A que grado de desesperación debe llegar un hombre, para que armado con su caja de herramientas y una mochila vaya a un bar, pida una cerveza, se vaya al cuarto de baño, desmonte un urinario de la pared, lo entre en su mochila y se lo lleve?
Y cuidado, que el tío en cuestión sabía lo que se hacía, no en vano era un profesional de la materia. En cuarenta minutos fue capaz de desmontar el urinario y llevárselo, ni los empleados del bar se percataron del robo, pensaron incrédulos que había sido retirado para su mantenimiento. Y lo mejor de todo, es que el hombre actuó con precaución y no dejó ninguna huella dactilar. Espero que almenos se lo haya podido colocar en el lavabo de su casa, pues de lo contrario tan magno delito, carecería de justificación ética por mi parte.


Lo que el pobre incauto lampista desconocía, es que mientras llevaba a cabo su excepcional hurto, una cámara de vigilancia grababa la hazaña con pelos y señales para el regocijo del propietario del bar que ya se la ha entregado a la policía.
Y llegados a este punto, hago mi reflexión final y verdadera alma mater de la noticia.

Que carajo hacían los propietarios grabando el lavabo público de su establecimiento?
Acaso intuían el robo?
Acaso les gusta mirar a los hombres cuando orinan?
Y la última y la mejor. No tiene otra cosa que hacer la policía científica que ir a un lavabo público de un bar donde han robado un urinario de pared a buscar huellas dactilares?
Quizá, les hubiera ido mejor recogiendo muestras del vello púbico, por sí acaso al fontanero ladrón le dió un apretón a media faena.

Hay varios puntos oscuros en el caso, uno, el tamaño de la mochila para llevar las herramientas y salir con el urinario, dos, la poca clientela del bar y la poca cerveza que deben vender, ya que durante cuarenta minutos el ladrón estuvo solo en el lavabo.

El increíble caso de la mujer pedante


Los hechos que paso a relatarles a continuación son rigurosamente ciertos, y todo parecido con la ficción es pura realidad, a excepción de algunos pequeños detalles sin importancia.
Poco imaginaba la Sra Petra Dorothy Ramos, (P.Dor.Ra. en adelante) la sorpresa que le había preparado el destino.
Aquel frío 4 de diciembre de 2006 P. Dor. Ra. se levantó temprano. Se duchó, maquilló y perfumó convenientemente para la ocasión. Cogió un taxi y se dirigió al aeropuerto de Washington, donde cogería un avión de la compañía American Airlines con destino a Dallas. Durante el trayecto al aeropuerto se sintió ligeramente indispuesta, no en vano la noche anterior había ido a cenar a un conocido restaurante mexicano de su ciudad donde había saboreado su plato favorito. fríjoles con chile. No era la primera vez que le ocurría, ya estaba acostumbrada y en su bolso de mano llevaba su particular antídoto para su “problema”.
El avión no iba lleno, en concreto eran 99 pasajeros y 5 miembros de la tripulación, por esp P. Dor. Ra. ocupó los asientos traseros del avión, tratando de pasar desapercibida. Todo transcurría en apariencia normalidad, cuando un grupo de pasajeros notó un peculiar y desconocido olor en el avión. Alarmados ante la inesperada situación consultaron con la azafata, y ésta a su vez notificó las cuitas de los pasajeros al capitán. Éste, después de realizar un concianzudo examen nasal se reunió con los demás miembros de la tripulación y los pasajeros que habían dado la voz de alarma.

En la cola del avión, nuestra amiga P.Dor.Ra, parecía inquieta y nerviosa, a la vez que ruborizada, parecía ocultar algo, aunque nadie parecía reparar en aquella mujer que pasaba más tiempo en los lavabos que en su propio asiento.
El capitán, reunido con su gabinete de crisis, trataba de analizar el origen de tan nausebundo hedor. Después de revisar la lista de pasajeros, vieron que el pasajero del 26A, era un hombre de nacionalidad rusa (Igor Polonienko), lo cual encendió todas las alarmas de la tripulación, pero John Holmes, el pasajero del 13A, excombatiente del Vietnam y experto en armamento químico, y que estaba al corriente del incidente exclamó:

Imposible que sea polonio, pues es inoloro, me inclino más a pensar que estamos ante algo de fabricación casera y artesanal que desprende un fuerte olor a fósforo.

Alaramados ante un hecho de tal magnitud, el capitán decidió realizar un aterrizaje forzoso en Nashville (Tennessee), en cuyo aeropuerto se personaron agentes del FBI y de la UABT (Unidad de Amenaza Bacteriológica y Tóxica). Los pasajeros fueron puestos en cuarentena y el avión inspeccionado por perros adiestrados para tales menesteres, así como los equipajes. Después de sagaces y perspicaces interrogatorios, nuestra amiga P. Dor. Ra. se vino abajo y confesó ser la autora de semejante hedor.

Mire agente, lo siento, pero tenía flatulencias particularmente malolientes, y yo que soy muy pudorosa he intentado ocultar el hedor de mis flatulencias quemando fósforos.

Los agentes del FBI no daban crédito a lo que les explicaba P. Dor Ra., como era posible que hubiera sido capaz de burlar todos los controles de seguridad de los aeropuertos americanos y entrar en el avión con una caja de fósforos?
Huelga decir, que nuestra amiga no volverá a volar con la compañía American Airlines, y sí algún día lo hace, pensará:

Que se jodan el resto de pasajeros y aguanten el asqueroso hedor de mis flatulencias.


Surrealismo americano puro y duro.
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