El tang, el tanga y los melones


Nunca he sido una persona con iniciativa propia para los negocios. Me ha gustado siempre ser un asalariado, de esos que tienen el sueldo asegurado a final de mes.
“Más vale pájaro en mano que cien volando”. Quizá mi aversión a montar mi propio negocio, venga de un trauma que sufrí hace muchos años, cuando intentaba labrarme un porvenir.

Verán, mi infancia son recuerdos de un cámping en la playa, al que solíamos acudir toda la familia y nos tirábamos allí tres meses cada verano. Por aquel entonces, los cámpings cerraban tras la temporada estival, así que desde mediados de junio (cuando nos daban las vacaciones escolares), haste mediados de septiembre vivíamos en estado de semisalvajismo en el cámping. Eso sí, nada de lujos ni caravanas, en una tienda de campaña, que la economía familiar no era muy boyante. Allí ya teníamos el grupo de amigos y amigas, y allí recuerdo haber experimentado la flecha de Cupido en mi corazón.
Pero a lo que íbamos, debía ser el año 78 ó 79, y allí estábamos Miguelito, Juanjo y un servidor, ideando trastadas que hacer. Creo recordar que fue a mi, a quien se le ocurrió la brillante idea. Con una pequeña inversión económica, tratar de sacar el máximo beneficio.
Un cubo vacío (eso sí bien limpio), un cazillo, una taza, agua y unos sobre de Tang (que recuerdos me trae el tang). Así que un buen día por la mañana, hicimos las mezclas, le añadimos algo de hielo (no mucho, la verdad) y nos dirigimos a la playa bajo un sol de justicia. Miguelito llevaba el cubo lleno, Juanjo el cazillo y la taza, y yo ejercía de pregonero mayor loando las excelencias de nuestro producto ante la mirada incrédula de turistas y demás especies que poblaban la fina arena.
Por nuestra silueta y el color de nuestra piel, debíamos parecer tres moritos algo esqueléticos, a Miguelito se le movía en exceso el cubo, producto del vaivén de sus andares. Yo gritaba:
“Hay naranjada fresca, recién exprimida por un durito”
Realmente no recuerdo el precio al que vendíamos el vaso de naranjada, total, que más da, para el negocio que hicimos. Algunos se cachondeaban de nosotros, más que nada porque mucha de la gente que estaba en la playa eran clientes del cámping, hasta los otros amigos y amigas de nuestra edad se partían el culo de risa.
Al poco de llegar a la playa, tuvimos nuestro momento de gloria, algo indescriptible, lo que realmente marcó aquel verano.
“Oye dame un vaso”, exclamó alguien.
No podía ser, era el “cabeza de melón”, el marido de la “melones”. Eran una pareja que debía rondar la treintena, clientes del cámping también, recuerdo que nuestros padres solían llamar a la “melones”, golfa, zorra, desvergonzada y otros adjetivos que prefiero no escribir. Más que nada porque la “melones” era una adelantada, y por aquel entonces era la única nacional que practicaba el top less y solía ponerse una especie de tanga. Sí, la “melones” era nuestro sueño húmedo, poder apreciar de cerca aquellas dos maravillas de la naturaleza no tenía precio.
Corrimos como posesos hacia el “cabeza de melón” para servirles su taza de naranjada, que para más inri era para ella. Brutal la escena de la “melones” incorporándose para que le diéramos la taza de naranjada, pareció un movimiento a cámara lenta, el movimiento de sus pechos provocó un terremoto en nuestros cuerpos y brutal el tembleque del cazillo de Juanjo al servir la naranjada en la taza. Aquellos segundos que tardó la “melones” en beberse la naranjada se hicieron eternos, nuestros ojos no se despegaban de aquellos dos pitones que parecerían decirnos: “Tócame”.

Una vez que acabó de beber nos pagó la consumición y nos devolvió la taza. No volvimos a vender ninguna taza más, infravaloremos la capacidad de calentar que tenía el sol, y sobrevaloremos la capacidad de enfriar que tenía el hielo. Así mismo, caímos en la cuenta a petición del respetable que poblaba la playa, que era mal invento que la gente tuviera que beber toda de la misma taza sin opción de limpiarla.
Acabemos la jornada, al lado de unos patines bajo un sol de justicia, que nos quemaba por fuera, y un calor interior que nos quemaba por dentro intentando bebernos aquella naranjada que ahora se había convertido en un asqueroso líquido de color naranja.
Durante algunos días fuimos el cachondeo del cámping, la gente para reirse de nosotros nos pedía una taza de naranjada. Y aunque un negocio ruinoso en lo económico, fue muy placentero en lo personal.
Durante los siguientes días, cuando veíamos a la “melones” en la playa nos acercábamos a saludarla, ante la mirada envidiosa de amigos y mayores.
Quizá, esperando inocentemente, que un día reclamara nuestros servicios para ponerle el bronceador por el cuerpo.
No fue aquel nuestro único negocio, aquel verano, continuemos en el empeño, pero ya entonces me di cuenta que no se debe mezclar trabajo con placer.

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