El centurión en Transilvania II


El ambiente en el avión de ida era tenso, se temía mucho el viaje a Bucarest, y no porque sea la tierra de Vlad el empalador, sino porque el centurión parecía tener los días contados. De hecho, se percibía en todo el avión un fuerte olor a ajos, que provenía del equipaje de mano del centurión. Sabía éste que la afición blanca estaba ávida de su sangre, y llevaba los ajos, porque dependiendo del resultado Ramón Draculón igual le hincaba el diente a la yugular.
Horas antes de comenzar el partido, en la intimidad de su redil, dudaba sobre la alineación que iba a presentar, tenía varios fijos: Casillas, R Carlos, Cannavaro, Ramos, Emerson, Diarra, Raúl y Van Nistelroy, pero serias dudas sobre las otras tres posiciones. Ni corto ni perezoso, decidió encomendarse a la Diosa Fortuna y en un momento de lucidez, metió unos papelitos con todos los demás nombres de los jugadores en una bolsa y procedió a la extracción de tres papelitos, el primero en salir fue el nombre de Guti, no está mal pensó, a continuación salió el de Robinho, el centurión frunció el ceño ya que el nombre no era de su agrado, y por último salió el de Helguera, y aún frunció más el ceño, que hago con tres centrales? exclamó para sus adentros. Pero en fin, la cuestión era respetar los dictámenes de la Diosa Fortuna.
Ya en el vestuario, les explicó su táctica, arengó a sus hombres, les habló de las grandezas del rival (grande de Europa y con una Copa de Europa menos que nuestro acérrimo enemigo), y club de gran recuerdo para los aficionados blancos . Por último, su última consigna ” Chuten a puerta, hagan el favor de chutar a puerta y fíjense en los colores blaugranas del rival”. Acto seguido se dirigió al banquillo, miró a derecha y a izquierda, y pensó para sí : “El banquillo de hoy es de mucho peso”
El sparring fue noqueado con suma facilidad, Ramón Draculón escondió sus afilados colmillos, y en voz baja le comentó a Pedja: “Vamos por el buen camino, el domingo noqueamos al campeón”. Pedja respiró aliviado, por fin podía desprenderse de la ristra de ajos que también había llevado en su equipaje de mano.

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